lunes, 27 de marzo de 2017

LOS ESFORZADOS DEL TELÉFONO (REPORTAJE TVE)


LUNES FEMINISTA: Feminizar la política

Feminizar la política

Feminizar la política incluye muchas cosas distintas, desde la mayor presencia de mujeres en el espacio público, la propia consideración de la ética y lo político, al contenido mismo de la política feminista. Se trata por tanto de un concepto equívoco y ambivalente, sujeto a muy variadas interpretaciones en sus dos componentes, el de la feminización y el de la política.

Más mujeres y otras políticas

En este debate existe un punto de partida común que es la importancia de la presencia de mujeres en la política, aunque sea como un síntoma de “normalización” del actual sistema de representación. Pero el debate ha adquirido nuevos aires con la potente irrupción, desde hace un par de años, de mujeres en los Ayuntamientos y distintos Parlamentos. La presencia de mujeres en estos espacios de poder no es algo nuevo; sí lo es que muchas de ellas sean mujeres comprometidas con dar un nuevo sentido a la política, deudoras del 15M como movimiento que enarboló el “no nos representan”.

Si alguien tuviera alguna duda sobre la dimensión del cambio y la importancia simbólica que tiene la mayor presencia de mujeres en política, no hay más que fijarse en las reacciones que desata. Hasta ahora, los hombres, políticos, que consideran la presencia de mujeres como algo estético e inevitable, habían mantenido una actitud condescendiente. Pero con la presencia de más mujeres, más jóvenes, y muchas decididamente feministas, se les ha caído la careta y con su reacción, sus brutales campañas para intentar deslegitimar, desvalorizar y ridiculizar a concejalas y parlamentarias (a las que han sabido darle la vuelta con humor e inteligencia), han dejado clara su profunda convicción de que ese espacio público les pertenece (como otros hombres consideran que les pertenece la calle). Y esto tiene un nombre: es machismo, patriarcado en estado puro.

Pero ampliando el plano del debate, si consideramos la política como un instrumento de transformación, desde una perspectiva feminista la presencia de mujeres, en sí misma, no es una garantía de cambio. La historia está llena de ejemplos de mujeres que, como el manido caso de Margaret Thacher o Rita Barberá pasando por muchas otras de menor renombre, impulsan políticas y valores profundamente heteropatriarcales y neoliberales con formas de hacer política jerárquicas y autoritarias. No me resisto, por aquello de la memoria colectiva y aunque se trate de contextos políticos radicalmente distintos, a recordar a aquellas mujeres de la Sección Femenina, que durante el franquismo ejercían un enorme poder para garantizar el sometimiento y sumisión de las mujeres a los varones y al régimen.

En el panorama actual muchas mujeres incorporan otras formas de hacer política a partir de otras prácticas, más participativas, más horizontales, más relacionales, frente a las agresivas y competitivas que marca la práctica masculina hegemónica. Se explica por la socialización y la consiguiente construcción de la subjetividad particular de unas y otros. En el caso de las mujeres, más vinculada al mundo relacional por la responsabilidad asignada de los trabajos de cuidados, y en el caso de los hombres más vinculada a la realización del logro individual y su proyección en el espacio público. No es nada nuevo, tiene que ver con la dicotomía entre los espacios público y privado establecida por la modernidad. Esta permite pensar en una particular forma de aproximarse a la política de las mujeres, en otra mirada en las formas y en los contenidos, no en vano el movimiento feminista, el pasado siglo, levantó la consigna de “lo personal es político”, ampliando y disputando desde entonces (y en ello seguimos), el sentido de “lo político”.

Todo esto se refleja también, como recoge Silvia Gil, en el tipo de luchas protagonizadas mayoritariamente por mujeres: luchas en defensa de los recursos, la vivienda, en defensa de derechos humanos, del cuerpo, por otra forma de entender las relaciones libres de violencias, la democracia en el ámbito doméstico y un largo etcétera. En esta acción colectiva se destaca la potencialidad positiva que tienen los valores asociados a una “cultura subalterna” (en palabras de Giulia Adinolfi), como la sensibilidad, solidaridad, empatía, la falta de agresividad competitiva, valores opuestos al individualismo y a la competitividad del mundo capitalista. Ponen sobre el tapete lo que sería un objetivo común: un mundo en el que mujeres y hombres se liberen de esa visión fragmentada de la vida entre lo público y lo privado, la razón y la emoción, la cultura y la naturaleza.

¿Una ética femenina?

En el debate actual sobre la feminización de la política ha vuelto a entrar en escena “la ética femenina” entendida como ética del cuidado, lo que presenta no pocos problemas.

Hablar de ética femenina remite a la idea de una naturaleza femenina a la que se asocian cualidades y valores, siempre positivos, de los que son portadoras las mujeres porque les son innatos. Antes he señalado los aspectos potencialmente positivos de algunos valores, pero esa potencialidad solo se hará efectiva si se acompaña de una crítica al carácter construido de su significado social y político, aquí y ahora, y por tanto a la asignación de desigualdades a los géneros y sus brutales manifestaciones en el contexto del neoliberalismo heteropatriarcal.

Si se consideran los valores asociados a una forma de hacer política como “femeninos”, propios, naturales de las mujeres, se abunda en una idea hegemónica de feminidad y masculinidad, muy funcional al neoliberalismo patriarcal con sus privatizaciones, recortes de servicios que tendría que garantizar el Estado, con sus identidades binarias fuertes, que profundizan las desigualdades y que, por tanto, tanto dificulta extender y compartir dichos valores. La solución parece clara, aunque no fácil, se trata de aprovechar las potencialidades positivas de unos valores y combatir las negativas.

Hay otro componente a considerar: establecer lo “femenino” como propio de las mujeres supone representar una idea uniforme de sus experiencias y de su visión del mundo. Sin embargo su subjetividad también está mediada, tal y como recoge la perspectiva inclusiva del feminismo, por su pertenencia a otras clasificaciones sociales que se entrelazan con la de género, como la de clase, etnia, sexo, edad. Esto explica, por ejemplo, esa distinta posición de mujeres ante políticas concretas a las que hacía referencia al inicio del artículo.

Por otro lado, hablar de la ética de los cuidados como una ética femenina abunda en una mistificación de los cuidados que oculta, sin pretenderlo, las desigualdades que subyacen en esos trabajos. Desigualdades entre hombres y mujeres para quienes se trata, en muchos casos, de una imposición y mandato de género que conlleva la negación de autonomía para las mujeres y sufrimiento para muchas; invisibiliza las condiciones en que realizan este trabajo muchas mujeres sin el menor reconocimiento de derechos concretos; así como la desigualdad entre las propias mujeres en función del estatus migratorio y que se refleja en las cadenas globales de cuidados. En definitiva simplifica su complejidad y dificulta entenderlos y resolverlos.

La economía feminista ha planteado la centralidad de los cuidados y el bienestar de las personas frente a las necesidades de los mercados, al tiempo que ha ido ofreciendo una visión compleja de lo que representa el trabajo de cuidados alertando sobre los problemas de mistificarlo. No se trata sólo de reconocerlos, de incorporarlos a un discurso políticamente correcto, sino de garantizar la corresponsabilidad de los hombres y del Estado y garantizar condiciones de trabajo dignas. Las empleadas de hogar, en su reciente Congreso, eran muy claras, reclamaban reconocimiento y dignificación de su trabajo y reconocimiento de derechos laborales de los que hoy carecen. Algo que sería extensivo para esa gran mayoría de mujeres que realizan trabajo de cuidados con todo tipo de personas dependientes.

El significado feminista de la política

Carol Gilligan, en el desarrollo que realizó sobre la ética de los cuidados en los años 90, planteó la necesaria combinación entre una ética de la justicia (desde la crítica feminista a su universalismo abstracto) y una ética de los cuidados que atienda a los dilemas morales que plantea la atención a los demás y a una misma. Como señala Gloria Marín, hay que buscar el equilibrio entre la responsabilidad de la relación con las y los otros y la autonomía personal. Un aspecto central de la propuesta feminista ya que esa dicotomía de éticas está ligada a la separación de esferas pública y privada y a la construcción de las desigualdades de género, por lo que la reivindicación de autonomía, desde la perspectiva feminista, es un componente básico de justicia social.

La feminización de la política no es sólo poner encima de la mesa “los cuidados”. Si se identifica “feminizar” con lo que aportamos las mujeres, supondría un reduccionismo alejado de la realidad porque en pleno siglo XXI nuestras vidas, realidades y experiencias atraviesan, además de la responsabilización de los cuidados, muchos otros ámbitos de la vida que no se pueden subsumir en los cuidados, tal como se expresa en muchas agendas feministas.

Por eso feminizar la política requiere mirar a la interpretación que el movimiento feminista realiza de las necesidades y propuestas de las mujeres situándolas en el centro de la agenda social, cultural y política. Es hacer políticas feministas, construir otro significado de lo que es la política que atienda y relacione lo micro y lo macro, lo personal y lo político, la sexualidad y el TTIP, las escuelas infantiles y las pensiones, y a todas las mujeres y personas LGTBI en su diversidad. En definitiva es un cambio en la propia idea de política, muchas veces identificada solo como política institucional. Desde el movimiento feminista se trata de poner en marcha procesos que cambien esa hegemonía cultural, que apunten a prácticas no hegemónicas de organizar nuestra convivencia, con criterios no simplificadores de lo que es la justicia social y lo común, que obviamente implica una transformación radical de la sociedad.

Y si se quiere englobar todo esto en la “feminización de la política” ¡pues feminicemos todas y todos para enfrentarnos al neoliberalismo heteropatriarcal”. La ética explicita valores comunes para todas las personas como sujetos múltiples y diversos incluidos en una red de relaciones, con la responsabilidad que de ello se deriva. Por eso no deberíamos cargarnos las mujeres con un nuevo mandato social, el de “feminizar” la política o el mundo. No nos corresponde a nosotras, corresponde a todas y todos.

Artículo escrito por Justa Montero

lunes, 20 de marzo de 2017

El miedo al despido reduce las bajas por depresión

El miedo al despido reduce las
bajas por depresión

La enfermedad se ha agravado por la precarización del empleo y la crisis económica.

Una de cada seis personas ha tenido, tiene o tendrá como mínimo un episodio depresivo a lo largo de su vida. Al menos en lo que respecta a los países occidentales, según las estimaciones de la OMS. Además, la inmensa mayoría de ellos, en un 86%, están o estarán en edad de trabajar. Y lo que es más grave: dentro de esta franja, el 10% padecerá esta enfermedad una vez al año, con una duración media de 35,9 días por episodio, perjudicando su rendimiento laboral. Se estima que la depresión le cuesta a la UE en torno a 92.000 millones de euros, principalmente debido al impacto en la productividad. “Aunque la depresión se haya banalizado, es una enfermedad grave que hay que tratar”, explicó ayer el profesor Jerónimo Saiz, jefe de servicio de Psiquiatría del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, durante la presentación del Informe de expertos para un mejor abordaje de la depresión en el ámbito del trabajo, elaborado por un grupo de expertos en colaboración con la firma danesa Lundbeck.


“Uno de los problemas es que la depresión ha perdido significado,
y cualquiera de sus síntomas parece asociarse con la enfermedad, a la ligera, sin darle la importancia que merece”, prosiguió el profesor. Pero este padecimiento es muy complejo, y como tal, tiene consecuencias en diferentes estratos del día a día: “Afecta al propio individuo, a la familia, al entorno laboral, a sus compañeros y a la propia empresa”. No solo tiene repercusión en la vitalidad, la energía y el ánimo del enfermo. También afecta a las conocidas como capacidades cognitivas, “aquellas que hacen referencia a toda la actividad mental, como la atención, la memoria, la capacidad de concentración, la ejecución de las tareas, el aprendizaje o la toma de decisiones”, continuó la doctora Margalida Gili, decana de la Facultad de Medicina de la Universidad de las Islas Baleares. La depresión, en definitiva, tiene un impacto directo en la productividad de los trabajadores, “y aunque evidentemente esta no es la consecuencia más grave, no deja de ser importante”, reconoció Saiz.



Las cifras

88% es el porcentaje de enfermos a los que les invade el desánimo y la tristeza

1/3 de ellos sufre de forma habitual la pérdida de memoria.

44% es la cifra de enfermos que tiene problemas en la toma de decisiones en su día a día.

57 de cada 100 reconocen tener problemas de concentración.



Son muchas las causas de esta enfermedad, recordaron los expertos, pero una de ellas ha sido la exclusión del mercado laboral, “que potencia el estigma del paciente, la merma económica y rebaja su autoestima”, apuntó Saiz. Sin embargo, continuó, en los últimos años, a causa de la crisis en el trabajo, del miedo a ser despedido y de la precarización del empleo, ha surgido una nueva dimensión de este trastorno: “Ha aumentado el presentismo; es decir, el número de personas que trabajan por miedo a pedir la baja y que, evidentemente, no desempeñan su función como si estuviesen sanos”. Esto redunda, además de en la propia salud de los profesionales, ya que cerca de la mitad de los enfermos no llegan a ser tratados correctamente por estas razones, en un coste millonario para las organizaciones.

Solucionar esta problemática “está en manos de la Administración, de las empresas y de los directivos, pero esto aún no es una prioridad, pese a que se trata de una enfermedad con tratamiento que, en términos de rentabilidad, supone menos gasto que sus costes indirectos”. Sirva como dato que un paciente con una respuesta inadecuada supone un coste de casi el doble comparado con otro en remisión, tanto en cifras directas (857 euros frente a 443 euros) como en costes derivados de la pérdida de productividad (1.842 euros contra 991 euros).

Pero las empresas no están preparadas para hacer frente a esta problemática. “Al presentismo ocasionado por la precarización del trabajo se le suma el estigma que rodea a toda la enfermedad, un prejuicio que lleva a hacer creer al enfermo que él tiene la culpa de su situación”, recordó el profesor. Por esa razón, apuntó, las compañías deben tener previstos planes de actuación para identificar los síntomas y combatirlos, así como contar con los profesionales adecuados. “Son cruciales la formación, para que el afectado conozca los síntomas y pueda detectar la enfermedad, y la confianza, para que se sienta con la capacidad de poder contarlo en su trabajo”.

Ideas a adoptar en la empresa

Por ahora, no existen programas nacionales efectivos destinados a mejorar el problema de la depresión en el entorno laboral. Algo que debería cambiar. “En Europa se han diseñado y aplicado algunos en varias empresas con resultados positivos. El objetivo es promover la salud mental y apoyar a los trabajadores cuando puedan estar en situación de riesgo”, explicó la doctora Margalida Gili.

Esto requiere, no obstante, de un esfuerzo importante, “tanto económico como formativo, así como continuo en el tiempo, algo difícil de imaginar durante los últimos años de crisis”, criticó. Algunas medidas están relacionadas con el cambio de mentalidad, para que el enfermo pueda hablar de su situación sin miedo, así como tender hacia la flexibilidad: “Sería bueno que, por ejemplo, tras una baja por depresión, el trabajador volviese a su puesto y a su labor de forma gradual, poco a poco, sin tener que hacer frente de golpe a todas sus tareas habituales”.

LUNES FEMINISTA: Fondo de armario para una biblioteca feminista

Fondo de armario para una
biblioteca feminista

Repasamos la historia del movimiento, de Wollstonecraft a Beatriz Preciado, porque como dijo alguien, “qué diferente hubiera sido la historia de las mujeres si no hubiese sido escrita por hombres".

Lo que diga Alison Bechdel

El movimiento feminista ha recorrido un largo camino. Desde la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, escrito en 1791 como respuesta a la Declaración de los Derechos de los Hombres y del Ciudadano que excluía a la mitad de la población hasta el nuevo feminismo combativo de Caitlin Moran o Pussy Riot, se ha analizado desde todos los ángulos el comportamiento de las mujeres contra los corsés de lo “correcto”, lo apropiado y lo imposible.

La historia de las mujeres es necesariamente radical, no sólo por su resistencia a la norma y su politización de lo doméstico y de lo íntimo sino porque es una historia alternativa a la historia: como dijo alguien, “qué diferente hubiera sido la historia de las mujeres
si no hubiese sido escrita por hombres". Aquí recogemos algunos de los libros que podemos considerar imprescindibles para comprender la historia y evolución del feminismo, el momento en el que se encuentra ahora y su motivo de lucha actual.

Olympe de Gouges, el cómic

Los textos fundacionales

Hablando de hegemonía, fue durante la Revolución Francesa que se redactó la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, un título donde no cabe una arroba. Como respuesta, Olympe de Gouges redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791), uno de los primeros documentos históricos que aboga por la emancipación de la mujer y pide la igualdad de derechos y mismo tratamiento legal y jurídico tanto para hombres como para mujeres.

Posiblemente le sirvió de inspiración a la famosa Vindicación de los Derechos de la Mujer (1792) de Mary Wollstonecraft, para quien "el matrimonio no se considerará nunca sagrado hasta que las mujeres, educándose junto con los hombres, no estén preparadas para ser sus compañeras, en lugar de ser únicamente sus amantes".

Sobre legislación, Reforma o Revolución de la gran Rosa Luxemburgo sigue siendo un libro clave para entender que el feminismo es también una lucha de clases, y tampoco hay que olvidar la contribución de Clara Campoamor y F ederica Montseny al marco legislativo. Las dos escribieron regulación pionera en torno a los derechos de la mujer, incluyendo el derecho al aborto. Y, con cierta inclinación por la ironía, podríamos incluir el Manual de socialismo y capitalismo para mujeres inteligentes de George Bernard Shaw para navegar las aguas políticas actuales que, como todo lo nuevo, tiene al menos una reencarnación anterior. Porque el sistema capitalista aplasta a la mujer y no se puede conseguir una sociedad igualitaria y feminista si dejamos que esta estructura social, económica y política rija nuestras vidas.

Un regalo más ligero para no iniciadas: Olympe de Gouges es una novela gráfica de Catel Muller y Jose-Louis Bocquet.

Gloria Steinem te lo dice bien clarito

Segunda ola: Lo personal es político

El segundo sexo (1949) se preguntaba por primera vez algo que en su momento parecía exótico pero tocó tecla con las señoras: ¿Qué significa exactamente ser mujer? Simone de Beauvoir reflexiona sobre las construcciones de género: somos mujeres ¿porque nacemos mujeres o por qué nos construyen mujeres? La francesa plantea que la mujer debe reconstruir su identidad propia, lejos de lo que quieren los demás que seamos.

Inspirada por este libro, Betty Friedan escribe La mística de la femineidad en 1963, un análisis sociológico del retrato mediático que hacen las revistas femeninas de la mujer ideal. Friedan descubre que, en la generación posterior a la victoria sufragista, las revistas dejan de celebrar a la mujer independiente con carrera y profesión para centrar la felicidad femenina en la consecución de otros valores: el marido rico, la figura esbelta, la ropa cara, la cocina moderna y dos niños perfectos. Como consecuencia, las mujeres pueden ir a la universidad pero lo hacen para encontrar marido. En este orden de cosas, sólo "las feas" consiguen acabar la carrera, embarcándose en una vida yerma y carente de afecto. Así nace la vampírica "mujer de carrera" que intenta robarle el marido a sus dulces congéneres.

La revolución de la Política sexual

Decían que la televisión acabaría con la cultura pero, como hoy ya sabemos, lo que trajo fue la guerra, dejando que libros radicales llegaran a las masas gracias a tres amazonas de carisma peculiar. En Política Sexual, Kate Millet argumenta que lo político afecta a lo personal y, por ende, a las relaciones sexuales. El libro ahonda en cómo las estructuras del sistema patriarcal afectan también a las estructuras existentes en cualquier relación, y encuentra sus ejemplos en el cánon literario: D.H. Lawrence, Henry Miller, Norman Mailer y -contra el canon- Jean Genet.

El famoso Intercourse (coito) de Andrea Dworkin declara que, en una sociedad en la que todo está estructurado para que las mujeres estén subordinadas a los hombres, el sexo es sólo otra pieza más para perpetuar esta subordinación. Este argumento, y su lucha particular contra la recién llegada industria pornográfica, fue reducido a una de sus frases más desafortunadas, "Toda penetración es violación”, dejando así en un segundo plano el verdadero debate. Que incluye, por cierto, el derecho al aborto, el acceso a los anticonceptivos y las expectativas de cuidados en torno a la maternidad, la vejez y la enfermedad, debate liderado por la vaca sagrada Gloria Steinem.

Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna cierra el círculo de Betty Friedan. Donde ésta señalaba la reacción mediática contra el movimiento sufragista, Faludi detecta el mismo proceso en los años 90, cuando los medios y el cine manufacturan un sinfin de estereotipos negativos contra "la mujer de carrera" (¿se acuerdan de Glenn Close en Atracción Fatal?). Años más tarde llega su heredera pop con Female Chauvinist Pigs: Women and the Rise of Raunch Culture de Ariel Levy, donde habla del síndrome de abeja reina, esas mujeres que todos conocemos cuya práctica habitual incluye reforzar las estructuras patriarcales para ser la única mujer poderosa en su entorno, poniéndole la zancadilla a todas las demás. En todas las empresas hay una, todo el mundo sabe quién es.

Hadalay, la bella sin alma (o qué)

Queer y Cyberfeminismo: la anatomía no es identidad

Desde que un psicólogo neozelandés llamado John William Money se inventara la palabra género en 1947, la parte más radical del movimiento ha trabajado para separar la identidad sexual de la anatomía. El movimiento Queer estalla en Francia y en Estados Unidos en los 90, en plena crisis del sida, y rechaza las categorías de control de lo privado como "homosexual", "gay" y "lesbiana" y la psiquiatrización de las preferencias identitarias, íntimas y sexuales para reclamar la identidad sexual independiente a la ley, la sociedad y la familia.

Entre las más interesantes están la fundadora Judith Butler y la propia Beatriz Preciado, sin duda uno de los cerebros más interesantes del ensayo en español, aunque ninguneada -precisamente- por la elección de sus temas. En Cuerpos Que Importan, Butler coge la Historia de la sexualidad de Foucault y se la lleva al feminismo, con resultados electrizantes. Y en su Manifiesto contra-sexual, Preciado teje un sólido manifiesto contra los prejuicios sexuales, enlazando la producción tecnológica y farmacológica con la imposición de identidades convenientes basadas en lo físico, lo social y lo tecnopolítico. Más ligero pero no menos interesante, hay que leerse los comics de Alison Bechdel, desde su obra maestra Fun Home, hasta la reedición de su famosa tira cómica, Lo indispensable de unas lesbianas de cuidado.

Variante de la misma semilla y entretejido con esta, el movimiento Cyberfeminista explotó en los 90 con dos textos: Un manifiesto cyborg: ciencia, tecnología, y feminismo socialista a finales del siglo XX de la "feminista, más laxamente neomarxista y postmodernista" Donna Haraway y Ceros y Unos de Sadie Plant, un ensayo que sólo podía envejecer mal (como todos los hijos de su época, como Matrix) pero que reclamó el lugar de las mujeres en el desarrollo científico y desenterró a la santa del movimiento: Ada Lovelace, hija del poeta Lord Byron, madre del lenguaje de programación.
Caitlin Moran: How to be a woman

Tercera Ola: Tetas y cerebro

Para empezar, un regalo para aquellos que declaran que el feminismo ya no tiene sentido porque las mujeres han conseguido el reconocimiento, la emancipación y el derecho al aborto que tanto ansiaban y sólo les queda ganarse t odo lo demás. Manifesta: Young Women, Feminism and the Future, de Jennifer Baumgardner y Amy Richard explica por qué el feminismo no ha muerto, cómo se entiende en el siglo XXI y cuáles son sus luchas, que son muchas y variadas. En la misma línea, El Futuro del Feminismo de Sylvia Walby desmonta los argumentos por la defunción y/o irrelevancia del movimiento, recordando lo mucho que nos queda para alcanzar algo parecido a una igualdad de oportunidades.

Aclarado esto, vamos con las chicas. Aunque no lo parezcan, son herederas de Beauvoir y plantean nuevos modelos de ser mujer en un mundo falsamente lleno de posibilidades. No soy ese tipo de chica, de Lena Dunham y Cómo ser mujer, de Caitlin Moran no dan lecciones de cómo son o deben ser las mujeres. Se dedican a escribir lo que les atormenta, les apasiona, cuáles son sueños y qué obstáculos han encontrado en su camino para conseguirlos. Y asuntos de importancia severa: cómo nos relacionamos las mujeres con nuestro cuerpo. Y con la comida. Y con los hombres, las amigas y la familia.

Es el fenómeno “Tits and wits” (tetas y cerebro): se puede ser mujer, apasionada de la moda, independiente, inteligente y emprendedora y también tener tetas. Funcionan por el mismo motivo por el que funcionó su antepasada francesa; porque refleja las dudas, los miedos y las posibilidades de su generación.

Muy contra esto

Quita de allá esas estrellas

¿Por qué nos enamoramos de gente que no nos merece? ¿Qué nos hace renunciar a cosas por amor? La socióloga Eva Illouz se ganó el cielo con Por qué duele el amor, donde analiza los atributos de valor que otorgamos a la adoración ajena y que desaparecen con la ruptura, con el consiguiente dolor espantoso. En El consumo de la utopía romántica, se dedica a desmontar los mitos del amor romántico, incluyendo lugares comunes como el beso bajo la lluvia. En el mismo género, la Crítica del pensamiento amoroso, de Mari Luz Esteban, explica cómo nuestra forma de entender el amor afecta a los comportamientos y relaciones que tenemos con todo lo demás, ya sean relaciones de amor, de clase social o de etnia. Esto afecta a la construcción de identidades y, por tanto, de sujetos.

Finalmente, en La construcción socio-cultural del amor romántico, Coral Herrera disecciona las emociones, preguntándose si se tratan de un fenómeno biológico o una construcción social. Herrera hace una reflexión de cómo las emociones están predeterminadas por mitos, relatos y estereotipos que hemos ido interiorizando poco a poco hasta que los hemos asumido cómo algo innato.

Economías radikales

Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria de Silvia Federici (2004) es uno de los textos estrella de los últimos años. Profesora en la Hofstra University de Nueva York, Federici ofrece una revisión historica de Marx y del capitalismo desde una perspectiva feminista. Entre otras cosas, el libro enlaza la famosa caza de brujas con la usurpación de bienes a mujeres por parte de la Iglesia. No es casual que haya más brujas en aquellos lugares donde una mujer puede heredar legalmente bienes familiares- como Euskadi- y por tanto acumular tierras o casas sin necesidad de casarse. De aquí el mito de la bruja que vive sola en una casa en mitad del bosque.

Con idéntico espíritu -y no en vano en la misma editorial- Amaia Orozco propone una  Subversión feminista de la economía, donde se establece el género como "una variable clave que atraviesa el sistema socioeconómico, es decir, no es un elemento adicional, sino que las relaciones de género y desigualdad son un un eje estructural del sistema, el capitalismo es un capitalismo heteropatriarcal." ¡No olvides leer nuestra entrevista!

Finalmente, un libro radical sobre una economía muy sumergida: en Dónde está mi tribu, Carolina León reflexiona sobre la maternidad y la crianza, con especial y doloroso énfasis en el asunto de la lactancia y la borrosa raya que separa la responsabilidad de una madre de la prisión.

Atención: las bellas ninfas de Waterhouse no son de fiar

Brujas: Manifiestos literarios

Si hay un precedente -y olvidamos la Antígona de Sófocles porque la escribe un señor- tendrá que ser Cristina de Pizán y La Ciudad de las Damas (1405). En el contexto de la "Querella de las Mujeres", un debate teológico sobre la supuesta inferioridad del sexo femenino, Pizán imagina una ciudad medieval diseñada y habitada por mujeres, arropada por el renacentismo y amurallada contra el patriarcado bruto, chovinista y apestoso de ahí fuera.

Seis siglos más tarde, en Una habitación propia (1929), Virginia Woolf interviene juiciosamente en lo doméstico para ofrecer "una opinión sobre un punto sin demasiada importancia: que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas". Y donde la mujer -aunque no sea escritora- pueda ser ella misma, con sus extrañezas y sin interrupciones.

Más impactante -aún hoy o, quizá, sobre todo hoy, es la relectura que hace Jean Rhys de Jane Eyre. En Ancho mar de los sargazos (1960) Rhys literalmente hackea a la vaca sagrada de Charlotte Brontë, recreando la biografía de un personaje aparentemente secundario: la primera mujer del señor Rochester, que vive encerrada y oculta en el ático de su siniestra mansión victoriana. Reivindicación postcolonial donde las haya, manifiesto feminista atemporal, es imposible volver a leer a Brontë -o cualquier literatura decimonónica- de la misma manera. Eso sin mencionar lo maravillosamente escrito que está.

Claramente inspiradas en esta corta pero impactante novela, las académicas Sandra Gilbert y Susan Gubar publican La loca del desván: escritoras y la imaginación literaria del siglo XIX en 1979, cuya intención y contenido se explica por sí misma. Como complemento, dos estudios sobre el origen del mito de la "mujer fatal": Ídolos de perversidad: la imagen de la mujer en la cultura de fin de siglo, de Bram Dijkstra y Las hijas de Lilith, de Erika Bornay.

En estos dos libros imprescindibles se explica cómo el movimiento de demonización literal de las mujeres corre paralelo al de su proceso de emancipación, desde su papel en la Revolución Francesa hasta su incorporación al mercado laboral. El arte y la literatura decadentista se llena de vampiras, gorgonas, serpientes y sirenas, que se anteponen a la dulce criatura doméstica con sus insaciables apetitos sexuales y sus rituales demoníacos. Para una lectura más moderna de rol de la mujer en el arte, la literatura y la política, recomendamos leer cualquier cosa de la brillante y viperina Camille Paglia, estrella de los 90, hoy injustamente olvidada pero más necesaria que nunca.

Artículo escrito por Marta Peirano y Rosa Mª Egea